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Cuando hablamos de contar personas en sitios concurridos – ya sea por motivos de seguridad, optimización de recursos o evaluación de las campañas de comunicación – nos imaginamos estaciones de tren, conciertos, discotecas, centros comerciales, aeropuertos, ferias, … y también museos. 

 

Aunque aplique a muchos sectores, el conteo de personas se tiene que acabar trasladando en indicadores que estén alineados con la realidad de cada una de las disciplinas. Por eso, cuando en Counterest nos planteamos que podría tener sentido dirigirnos también a museos, lo primero que hicimos fue ir a hablar con uno de los referentes del sector: Eduard Carbonell, catedràtico de Historia del Arte y director del MNAC entre los años 1994 y 2005. Queríamos conocer su opinión sobre cómo se podía aplicar el conteo de personas a la realidad de los museos.

 

Eduard nos recibió muy amablemente en su casa, una casa que parecía homenajear todos los tesoros de la cultura y los ideales humanistas y que rápidamente me hizo dudar de que nuestro discurso de contar, medir y optimizar tuviera cabida. No obstante, después de dedicar unos breves minutos a entender qué hacíamos y cómo lo hacíamos, vio claramente la aplicación de nuestra tecnología en el entorno de los museos y la defendió, diría que con cierto entusiasmo, un entusiasmo que después hemos constatado con otros agentes del ecosistema museístico. Y es que resulta que el de los museos es uno de los sectores que está más sensibilizado en cuanto a la incorporación del análisis de datos en la toma de decisiones. Si pensamos en la realidad que han tenido que afrontar en estos últimos años de recortes, entendemos rápidamente su postura.

 

En el entorno de profunda crisis, los museos han sufrido doblemente por el hecho de que son organizaciones con una profunda vocación de servicio a la sociedad que los hace muy dependientes financieramente de la administración pública y eso les ha abocado a hacer un replanteamiento mucho más profundo que en otros sectores: confiar más en la autofinanciación y, consecuentemente, poner más atención en el lado de la demanda, es decir, en los visitantes.

 

Es difícil encontrar algún museo cuya estrategia no gire alrededor del público y esta tendencia ha abierto un debate sobre el peligro de su mercantilización. Por ejemplo, en este artículo, el crítico de arte Colin Dabkowski alerta del peligro de que “las instituciones culturales adopten las tácticas de Wall Street y Sillicon Valley e infecten así sus misiones humanistas”. Apunta también “que las funciones más importantes de las organizaciones de arte – para educar, inspirar y fomentar la empatía a través de culturas y experiencias – han estado y serán siempre incuantificables”.

 

El hecho de que las obras de arte ya no tengan el foco de atención en exclusiva, sino que tengan que compartir protagonismo con el público, es sin duda un cambio profundo de enfoque y es razonable que cree controversia. El cierto pero es que aunque el valor del arte no sea cuantificable, sí que lo es el coste de gestionarlo: a nivel de conservación, exposición, promoción, etc. Y parece incuestionable la necesidad de garantizar la sostenibilidad en el uso de estos recursos.

 

Cuando hablamos con los gestores de los museos, constatamos que su visión no es aplicar el conocimiento sobre el comportamiento de los visitantes a un uso mercantil del arte, sino a un uso más racional de los recursos operativos: adecuar los horarios de apertura y el personal de atención a la afluencia real de visitantes o valorar la acogida de las diferentes exposiciones temporales por una necesidad inevitable de priorización. A menudo, también se trata de una cuestión de transparencia sobre todo en un momento en el cual el mecenazgo y los patrocinios están cobrando más relevancia y la administración pública exige rendir cuentas.

 

En cualquier caso, el debate está servido porque es un debate totalmente necesario, pues el uso masivo de datos sobre el comportamiento de los visitantes ha venido para coexistir con los criterios de valor artístico y de función social y educativa y se tendrá que garantizar un balance entre todos estos principios que no será trivial.